El segundo día comenzó (para mí) en el momento en el que el móvil de Flat empezó a sonar furiosamente, a eso de las 8 de la mañana. Normalmente yo soy de esos que siempre remolonean en la cama hasta que los demás se levantan y empiezan a armar jaleillo y a hacer coñas, de modo que el ambiente festivo me parezca propicio para levantarme de buen humor. Pero a la tercera vez que sonó la alarma y Flat la paró, decidí que ya estaba bien, que eran las 8:30 y había que hacer cosas. Me levanté, me vestí y me bajé a tomar el desayuno que incluía el precio de la habitación. Ya me podía haber quedado en la cama...
El comedor del hotel era una especie de centro de acogida con varias mesas corridas llenas de platos con el desayuno ya preparado. El opíparo tentempié consistía en dos panecillos (no bollitos, sino pan pan, pequeño) dos paquetitos de mantequilla y dos paquetitos de mermelada. Yo me esperaba un croissant mediocre, unas lonchas de fiambre contadas, o un puto buffet de cereales chungos, pero dos panecillos me parecían lo peor. Joder, si la vez anterior que visité Londres (hace 7 años) me alojé en un YMCA cutre cutre y el desayuno incluía beicon y salchichas y cosas así... En cualquier caso, yo había pagado dos panecillos, y dos panecillos me iba a comer, y gastando además ambos paquetes de mantequilla y mermelada enteritos. Luego vino una mujer a servirme un líquido del color del té clarito, pero que me anunció como café, y un vasito de algo que por la ligera coloración y el regusto que dejaba, intuí que debía incluir en su composición un 5% de zumo de naranja diluído en agua de lluvia de los Highlands escoceses.
Cuando me lo hube tragado todo, subí otra vez a la habitación y me encontré a los dos angelitos aún en la cama soñando con divas del pop. Entonces miré el reloj y descubrí con alegría que aún no había cambiado la hora para ajustarlo a la hora de Londres, que es una menos que en Madrid. Osea que eran las 8:00 ¡Fantástico! No había ni Dios en el comedor, no porque ya se hubiesen ido todos, sino porque ni siquiera habían bajado! ¡Tres hurras por Ann O’Nadada!
Treinta segundos después tenía el pijama puesto y estaba otra vez roncando a pierna suelta.
Lo siguiente que recuerdo es a La Patata irrumpiendo con muchos bríos en la habitación, yo saltando a sus brazos, y cinco minutos después salir con ella a la calle a desayunar comida de verdad, mientras las dos bellas durmientes se acicalaban y se ponían presentables por si nos cruzábamos con la Reina Elizabeth II al doblar cualquier esquina, porque Londres es así. Fijaos que en una bolera que teníamos al lado tenían a la entrada un póster muy grande de Madonna entrando en sus instalaciones, así que nunca sabes cuando te vas a encontrar a una celebrity haciendo cosas banales de persona vulgar... Hay que estar preparado siempre.
Cuando se nos incorporaron las marmotillas nos subimos al autobús (a la segunda planta por supuesto, porque si se es turista se es turista hasta las últimas consecuencias) y nos dirigimos a Oxford St. Yo aún no sabía lo que se nos venía encima, pero de haberlo sabido me hubiese hecho un plan un poco más variado. A partir de ahora podría resumir el resto de este post (y de los siguientes) en una sola palabra, y no andaría demasiado lejos de describir el resto de viaje con total precisión. Esta palabra es COMPRAR.
Mira que yo ya había estado con La Patata en Roma con motivo de la convención de maricas fans de Madonna, pero allí no había visto su verdadera cara. Patata es total y absolutamente adicta a las compras hasta la médula, hasta lo más profundo de su ser. Las palabras London Sales la hacen salivar como a una perra de Paulov. En realidad, la llegada de Patata a la habitación se puede resumir más o menos en que abrió la puerta, dijo “¡Hola maricones! ¿Estáis dormidos? Me voy al TOPSHOP. ¡Hasta luego!” y si no salgo yo disparado de la cama se va sola. Palabrita del Niño Jesús.
Cuando nos bajamos en la parada del TOPSHOP de Oxford St. La Patata nos dijo “Bueno, luego si eso ya nos veríamos. A lo mejor subo a buscaros a la planta de hombre. ¡Adiós, adiós!” y se mezcló entre la multitud ávida de rebajas. Claudio, Flat y yo subimos a la planta de hombre y empezamos a trastear. Yo no estaba muy seguro de qué cosas eran de segunda mano y cuáles podría ser yo el primero en sudarlas, pero después de mucho barajar si esta prenda realmente me la iba a poner alguna vez o aquélla me haría cambiar un poco de estilo o directamente sería un disfraz, me decidí por una chaqueta un poco militar y una bufanda.
Ahora me doy cuenta que a lo mejor mis compras no fueron lo más acertado del mundo, porque:
1. Ningún artículo adquirido estaba de rebajas. Bravo por mí.
2. La chaqueta, como ya digo, es verde militar y con aspecto militar. La bufanda enroscada en el cuello parece una palestina. Estos dos hechos, combinados con mi cara de turco y el rapado que me hice el fin de semana pasado, dan como resultado que cada vez que salgo a la calle de esta guisa corro el riesgo de ser detenido por la Interpol por tener toda la pinta de terrorista islámico rumbo a autoinmolarse en un centro comercial.
3. La primera vez que me puse el conjunto, se me enganchó la bufanda en la cremallera de la chaqueta, dando como resultado un precioso desgarro en la bufanda y que ahora, para poder cerrarme el abrigo, necesite del orden de 20 intentonas para que la cremallera no se me abra. Vale que la culpa del enganchón es mía, pero vamos, que vaya mierda de calidad si al primer contratiempo se jode todo. En estos momentos estoy redactando una querella criminal contra la Patata, por intentar arruinarme con palabras dulces y cantos de sirena.
Claudio en cambio acertó totalmente porque compró una chaquetita muy mona, esta sí en rebajas, y hurtó otra con todo el morro por el método “pago ésta y la otra me la llevo puesta porque yo lo valgo”. Flat no compró nada porque es pobre.
Después de unas dos horas en la misma tienda nos pasamos por la de al lado, y luego por la siguiente, y así de tienda moderna en tienda moderna hasta que nos dio la hora de comer. Yo me escindí de la comitiva para poder comer con el amor de mi vida (Mark, ya he hablado de él aquí otras veces), que reside en Londres, y con el novio con el que lleva cinco años viviendo. Aquí sí que lo hice bien, porque yo comí muy rico, y el resto de la pandilla comió tofú y otras guarrerías en un restaurante vegetariano, que a quién se le ocurre...
Por la tarde nos juntamos todos a disfrutar de un café y enseñarnos los nuevos productos adquiridos. Yo le compré un calendario oficial de Kylie a Claudio, tonto de mí, pensando que era posible que no lo tuviera ya... Ahora cuelga en mi habitación, lo que le resta look de habitación de niño de 10 años y le da un toque mucho más de maricón.... No sé, igual lo quito, si Claudio no me mata por ello.
Entre pitos y flautas nos dieron las 16:30 y a Claudio ya le saltó la alarma interna. “HAY QUE IRSE YA. SÓLO QUEDAN 3 HORAS Y MEDIA PARA QUE EMPIECE EL CONCIERTO”. Yo ni chisté, que Claudio con el tema conciertos de divas entra en un bucle autodestructivo que no le permite decir otra cosa que “Hay que irse ya. No nos da tiempo”, y además en el de Madonna se me ocurrió decir cuando cantaba Drowned World que me daba pereza esa canción y Claudio se giró, me dijo “¡Que te calles!” y me soltó una yoya en toda la cara con la mano bien abierta. Y esto era Madonna... You don’t wanna mess with Claudio in a Kylie’s concert... Así que todos a portarse bien.
Despedí a Mark y a Arsenio hasta la próxima vez que nos viéramos (por norma general cada poco más de un año) y rumbo a nuestro hotelito otra vez. Nos duchamos todos con el hilo de agua que salía de la ducha y, bien limpitos, nos metimos en el subway con destino al Wembley Arena. Ya en el metro nos pareció raro no ver a ninguna fan marica desatada cantando canciones en plan prewarming, pero no descubrimos la causa hasta un poco más tarde.
La próxima entrada, el concierto.
Besos en las ingles.

